Expresando Comunidad en Pantalla

* Por qué Acapulco necesita volver a ser capital cinematográfica

Por Alma Raquel Alonso Lucena*

Como crítica de cine, mi labor trasciende el análisis formal de reseñar obras para interrogar los ecosistemas que las hacen posibles o las terminan condenando a la invisibilización.

En el caso de Acapulco, observamos un abandono que ha pasado casi inadvertido en el debate cultural nacional: La progresiva desaparición de los festivales internacionales de cine que, durante décadas, refrendaron y catapultaron la imagen internacional del puerto como nodo privilegiado de diálogo global.

Me gustaría aclarar que esta no es mera nostalgia por un glamour añejo, es la constatación, digámoslo como es, de aquel vacío estructural que ha reflejado dinámicas amplias de declive turístico, precarización de la seguridad y despriorización de la inversión cultural en Acapulco.

Acapulco posee una afinidad natural con el séptimo arte. Tenemos una bahía escénica, una luz tropical de alto contraste, los claroscuros entre el lujo costero y las diversas tonalidades sociales, y claro, sus escenarios históricos como el Fuerte de San Diego ofrecen un set excepcional de dramaturgia visual.

Lo anterior me permite repensar que la legendaria Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco (1959-1968, con una edición especial en 1987) atrajo a figuras de Hollywood y del cine europeo, proyectando al puerto como un escaparate sofisticado. Luego, iniciativas como el Festival Internacional de Cine Acapulco (FICA, iniciado en 2005) y, particularmente, el Festival Francés de Acapulco (lanzado en 2004, con ediciones consolidadas hasta 2017 y presencia esporádica posterior) mantuvieron activa tal tradición.

El Festival Francés, impulsado por Karim Gilles Djellit y Jean-Christophe Napias, ejemplificó un modelo híbrido exitoso: Proyecciones al aire libre en “La Playita”, debates entre cineastas franceses y gente de nuestra localidad, integración de gastronomía, moda y música, y un Foro Social que realmente ampliaba su trascendencia.

Alcanzó su décima edición en 2013 y celebró la decimocuarta en 2017, demostrando viabilidad incluso en contextos de creciente inestabilidad.

Estas ediciones no exhibían únicamente cine de autor con énfasis en narrativa, documental y cortometraje, también generaban redes de coproducción, visibilización para el talento guerrerense y derrama económica en hotelería, por mencionar algunas.

La atenuación de estos eventos coincide con patrones observables en otros destinos mexicanos: La concentración de recursos culturales en polos centralizados (Ciudad de México, Guadalajara, Mérida), la vulnerabilidad ante choques externos, llámese huracanes como Otis en 2023 y John en 2024, pero al mismo tiempo ciclos permanentes de inseguridad y una visión turística reduccionista que subestima el potencial de eventos de turismo de alto valor agregado.

Los festivales internacionales de cine no funcionan como espacios protegidos del mundo real, son entornos que tratan de exponer complejidades, ocupando el arte, muchas veces de denuncia, pero que, a fin de cuentas, empalman éste con los negocios y el crecimiento del Producto Interno Bruto.

Estudios y experiencias comparadas con otros festivales (Morelia, Cannes, Sundance o San Sebastián) demuestran su habilidad multiplicadora: Atraen a visitantes con mayor solvencia económica (profesionales, prensa, cinéfilos de gran poder adquisitivo), reactivan cadenas locales de suministro, fortalecen la imagen de marca del destino y diversifican la oferta más allá del turismo masivo.

En términos concretos de capital social, crean plataformas de formación (talleres, pitchings, residencias) que dan vida a la industria cinematográfica regional, facilitando distribución, financiamiento y coproducciones internacionales.

Para un puerto en reconstrucción post-Otis, recuperar semejante dimensión equivale a una estrategia cultural inteligente. El cine encuentra en Acapulco una especie de ancestralidad que tiene mucho que expresar, por ejemplo, contrastes dramáticos que pocos lugares replican con la intensidad que yace en nuestro bello puerto.

Reincorporar un festival de envergadura con sección competitiva internacional, retrospectivas temáticas, industria y proyecciones populares no llenaría exclusivamente plazas y recintos históricos, sino que contribuiría a la reconstrucción del tejido social y a la proyección global de narrativas guerrerenses contemporáneas.

Propuestas concretas para un renacimiento

 Modelo híbrido y sostenible: Un festival bianual o anual con copatrocinio tripartito (gobierno federal/estatal/municipal, sector privado hotelero, sponsors y embajadas). Incorporar componentes formativos itinerantes (laboratorios de guion, masterclasses con especialistas) y énfasis en cine mexicano y latinoamericano para maximizar el impacto local.

 Alianzas estratégicas: Colaboración con festivales establecidos (Guadalajara, Morelia, Cannes) para secciones paralelas o intercambios. Enfoque temático, por ejemplo en “cine costero” o “narrativas del Pacífico”, para generar relevancia con los tópicos actuales.

 Infraestructura y accesibilidad: Utilizar el Fuerte de San Diego, espacios recuperados y proyecciones al aire libre, resaltando la inclusión (boletos y alimentos accesibles, subtítulos, programas educativos para jóvenes locales).

 Medición de impacto: Implementar indicadores cuantitativos y cualitativos (ocupación hotelera incremental, cobertura mediática internacional, número de proyectos coproducidos) para justificar y atraer inversión privada continua.

Acapulco ha sobrevivido a huracanes, diferentes tipos y modalidades de violencia y periodos de olvido institucional. Sin embargo, merece más que una supervivencia pasiva.

A Acapulco le urge un renacimiento inteligente que recupere su imagen mundial. El cine es el séptimo arte por excelencia y ofrece el vehículo idóneo para ello. No se trata de devolver entretenimiento al puerto, el cine es una decisión estratégica pendiente.

Hay que tener presente que el día que regrese el cine de calidad al puerto, regresará también la capacidad de un destino para visitarse y ser mirado con admiración renovada.

ARAL

(*) Crítica de cine y cultura.